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Barú y Playa Blanca al garete

Barú y Playa Blanca al garete
Playa Blanca - La Chiva

Así la encontramos el primero de enero, hecha un desmadre. A las 2 de la tarde, en un cálculo al ojo, ya sobrepasaba la carga establecida de 3.124 personas. No vimos un solo policía haciendo ronda. En pleno cambio de gobierno no hay capacidad institucional para hacer presencia en terreno, entonces ni al caso. Sólo había dos agentes de tránsito 'regulando' la llegada masiva de motos, carros, buses y colectivos que entran y salen del acceso polvoriento al balneario.

Hay dos parqueaderos en unos lotes inmensos de quién sabe qué terrateniente. Cobran 15 mil pesos. Está lleno. No cabe una moto más. Parqueamos a un lado de la vía. Locales y venezolanos pujan por el control de las propinas por cuidar los carros. "Yo soy de aquí y no me la vas a venir a montármela en mi playa", le reclama un nativo barulero a un chico venezolano que asienta sin reparo.

Decenas de nativos se agolpan en las escalinatas que dan acceso a la playa para ofrecer servicios turísticos a locales y visitantes. Insisten, son invasivos, no declinan. Acosan. No aceptan un "no, gracias" como respuesta. El lugar es exuberante, llena el ojo. Siempre ha sido una playa hermosa de aguas azul turquesa y arena blanca, de esas que uno ve en las revistas de viajes.

No hay por donde caminar, los dueños de negocios invaden la playa con tres y hasta cinco hileras de carpas, asoleadoras y hasta camas con sabanas de osito cariñosito. Está todo apiñado, tugurizado. La gente se agrupa en un solo sector, no va más allá quizá por pereza de caminar.

Llegamos a una tiendecita que vende hasta gasolina ligada con aceite para las motos acuáticas. Muchas llegan por un "full". Es de un paisa buena gente que vende barato, provee a los vendedores ambulantes de cigarrillos, mecatos y toallas higiénicas. Abordamos a uno y nos dice "Que ese poco e' negros de allá son cule duros", señalando al sector de playa donde se arruma la gente, por lo general de locales. "Pa' acá es donde está la plata", cuenta con desparpajo. Y remata diciendo: "Camino de aquí pa' allá reventándole el bolsillo a to' el mundo".

Compramos una botella de agua y nos dimos un baño de mar. No almorzamos pues las experiencias son nefastas con los restauranteros del lugar. O sino que lo diga Mario, el turista bogotano al que le cobraron 225 mil pesos por tres pargos en Playa Tranquila, ahí mismito en Barú (Ver historia)

Son casi las tres de la tarde y el sol no da tregua. El agua está tibia, rica, pero el hedor a combustible es incómodo. No hay orden en zona de baño ni mucho menos boyas, la playa no está balizada, no hay normas de salvamento y seguridad en playas. Conviven en la orilla bañistas y embarcaciones, estas navegan y fondean. Estamos intranquilos pues hay un par rondando a nuestro lado y constantemente llegan motos y lanchas y yates a dejar y recoger gente. Recientemente en Coveñas una lancha hirió a tres personas con las hélices del motor. Hace un mes en Cholón una estudiante barranquillera murió tras ser arroyada por un yate. Las tragedias se repiten y no pasa nada. Las autoridades no intervienen.

El nuestro no era un paseo como el de La Guajira (Ver crónica), fue una visita de inspección e inmersión para esta crónica. Antes del chapuzón llegamos hasta el casco urbano del corregimiento de Barú, pasamos por el pedraplén de Playetas, una obra de 1.4 kilómetros que tardó más de 20 años en concretarse. No obstante, falta la otra fase de asfaltado hasta la población, unos 4 kilómetros más, una trocha maltrecha que colinda con desarrollo privado de casas, villas, mansiones, chalets y puertos deportivos. Da grima ver tanta opulencia coexistiendo con una miseria injustificada, propia de la Cartagena rural, esa que ni siquiera mencionan en los foros cuando se habla de las "Dos Cartagenas".

Regresando al tema Playa Blanca, es necesario tomar medidas, que por tardías, deben ser drásticas. A eso nos lleva una vez más la negligencia estatal. Es un área protegida y merece un tratamiento especial, no es una playeta cualquiera. Es evidente que existe un conflicto socio-ambiental agudo que urge abordar con responsabilidad. Hay que controlar la capacidad de carga de este ecosistema protegido para mitigar su impacto social y medioambiental, y mantener su equilibrio ecológico. Y por qué no, instalar un punto de control de ingreso así como existen en otras áreas protegidas. ¿Cómo va lo del Plan de ordenamiento de playas continentales -urbanas o rurales- e insulares de Cartagena de Indias?, ¿aún existe el Comité de salvamento y rescate?

Nativos y dueños continúan explotándolas inmisericordemente sin ningún criterio de conservación. El decreto 0885 del 27 de junio de 2016 que prohibió el ingreso de comidas y bebidas al lugar no se está cumpliendo. La nueva administración del alcalde William Dau, debe diseñar un Plan estratégico de desarrollo sostenible para la zona apoyándose en las autoridades ambientales del nivel regional y nacional donde haya participación activa de los nativos y prestadores de servicios turísticos.

Se necesita igualmente una mínima infraestructura, baños, cocinas, un puesto de salud, una bodega de basuras. El deterioro ambiental es notorio y mantener el equilibrio ecológico de este paraíso nuestro es urgente.

De regreso a Cartagena y antes de pasar por el puente Campo Elías Terán, me llamó la atención la venta de gasolina corriente en botellas de litro a la vera del camino. Por un momento tuve un deja vu.

Canal del Dique desde el punte Campo Elías Terán
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