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La Guajira, un paraíso en alerta roja

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La Guajira, un paraíso en alerta roja
Playas de Riohacha

La idea era llegar hasta Uribia, la capital indígena de Colombia, en la alta Guajira, donde fue encontrada la camioneta en la que se movilizaban los investigadores bogotanos Nathalia Jiménez y Rodrigo Monsalve, hallados sin vida el pasado lunes en la zona de Perico Aguao, en estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta.

El mío fue un plan familiar que llegó hasta Riohacha desde Cartagena, haciendo paradas de un día en Barranquilla, El Rodadero, Santa Marta y uno de mediodía en el corregimiento de Palomino, municipio de Dibulla en los pies de La Guajira.

Nos enteramos de su desaparición el domingo 22 de diciembre entrando al Distrito de Riohacha a las 6 de la tarde. Recién habíamos pasado por Buritaca, zona rural samaria, donde según las autoridades la pareja de investigadores "se desvió de la Troncal del Caribe donde los llevaron hasta una trocha". No alcanzaron a llegar a Palomino donde según versiones de sus familiares, unos amigos los esperaban. Se le escuchó en una emisora de radio al comandante de la Policía de Santa Marta, coronel Gustavo Berdugo reconocer que en la zona donde asesinaron a la pareja de recién casados "no se mueve una hoja" sin autorización de la banda criminal 'Los Pachencas', a quien, por el momento, se le atribuye el crimen.

Según el informe de Alerta Temprana 045 de 2018 emitida por la Defensoría del Pueblo, el escenario de riesgo que afecta a la población de Santa Marta se configura por las amenazas de los grupos armados ilegales que ejercen control territorial y social en la Troncal del Caribe, las Autodefensas Conquistadores de la Sierra Nevada, el Clan del Golfo y el ELN.

Comenta un habitante de la zona que pidió la reserva de su identidad, que Los Pachencas son un grupo paramilitar legado del temido Hernán Giraldo Serna, conocido como el 'El Señor de la Sierra', que se reconfiguró tras la desmovilización del Frente Resistencia Tayrona de las Auc que operaba en la Sierra Nevada y que, asegura, volvió a coger fuerza con el retorno del uribismo al poder: 

El gobierno Santos les había dado certeros golpes, pero el uribismo con Duque les dio aire, están envalentonados y el gobierno no quiere intervenir, los medios de comunicación tampoco registran esta situación, hay un ambiente de zozobra, de tensa calma

Afirmó

Y es cierto, el tránsito de Santa Marta a Riohacha es intimidante. No hay puestos de control ni fuerza pública. El conflicto en estos territorios jamás acabó sino que mutó, se reconfiguró, pues el Estado nunca fue capaz de ocuparlos con fuerza de autoridad. En disputa continúa el control de corredores geográficos estratégicos para las economías ilícitas. Son las mismas estructuras armadas ilegales con los mismos aliados en el poder pero con diferentes nombres.

¿Será casualidad la polémica que en octubre de este año desató la denuncia que hizo el senador liberal Mauricio Gómez Amín afirmando que desde el Centro Democrático se estarían haciendo reuniones privadas para desarrollar proyectos ecoturísticos en la zona?

El senador Uribe enfatizó en que hay que dar facilidades a los empresarios para que puedan instalar proyectos de infraestructura turística en el Parque Tayrona

Reveló el congresista barranquillero.

Reunión a la que no fue invitada Julia Miranda, directora de Parques Nacionales Naturales de Colombia. Esta batalla política y económica por el Tayrona se desarrolla fuera del foco mediático y subrepticiamente.

El verde de las montañas arropa el paso raudo de mi mazda 2 blanco modelo 2010. A la vera del camino se ve mucho turista extranjero deambulando y a koguis y arhuacos con sus mochilas y atuendos en cotón, rusios por el polvo. Motos de alto cilindraje me sobrepasan una y otra vez, noto que una misma nos escolta, pasa, se devuelve y desaparece nuevamente.

El paisaje es bellísimo, el follaje reverdecido de las montañas costeras es pletórico, los ríos que nacen de la Sierra complementan un paisaje paradisíaco, pictórico. El clima es fresco, agradable. En Buritaca paramos en la orilla de la Troncal del Caribe a comer mazorca, chorizo y plátano asado con queso. Estamos a 26 kilómetros de Palomino, nuestra próxima parada. Llegamos.

Este corregimiento solo tiene 20 kilómetros cuadrados y tres calles angostas y pedregosas. En la principal hay hostales a lado y lado de la vía y al final un restaurante. El mar se comió la orilla, hay mar de leva y la playa está sucia, llena de basura, troncos y algas. Peligrosa para un baño, azarosa y fría. No hay Estado, ni fuerza pública. Se vale todo. Hasta hace 11 años era un caserío fantasma que había vivido los rigores de la guerra entre los paramilitares del Resistencia Tayrona y la guerrilla de las Farc.

Hay más de un centenar de hostales que se han construido en los últimos 6 años, de ellos unos 24 están registrados según la alcaldía de Dibulla que está a 30 minutos. Es un destino que atrae al turismo mochilero precisamente porque no hay autoridad ni control de ningún tipo. Posee un potencial enorme por su exuberancia natural pero es necesario intervenir y propender por un turismo bien gestionado. Por el momento no es un destino para ir en familia, es más experiencial, de contemplación y retiro.

En Riohacha se acabó el negocio de la gasolina venezolana

Sin ningún percanse salimos de Palomino rumbo a Riohacha, a 92 kilómetros. Llegando a Dibulla cogimos una recta de 60 kilómetros de entornos áridos que tardé poco más de una hora en recorrer. Pasamos el corregimiento de Camarones y entramos a la capital. Nos imaginábamos una ciudad moderna, próspera y acogedora con mucho para hacer y conocer.

Pero Riohacha se quedó en el tiempo, es algo así como la Cartagena de los setentas, sin ningún tipo de desarrollo público ni privado. Vetusta, desvencijada. Fea. Nos alojamos en Casa Finca La Maracuyá, al sur de la ciudad, pues no había otra opción de hospedaje bueno, bonito y barato pero sobre todo seguro. Es notoria la ausencia de autoridad local, en nuestro paso por la ciudad no vimos agentes de tránsito ni orientadores ni funcionarios de espacio público. Uno que otro agente de policía funge de regulador de tránsito o de vigilante de cuadra.

El tráfico es lento y abundan carros con placa venezolana. De cada 10 conté 5 y dos tienen una placa especial de colores blanco y verde aguamarina solo para transitar dentro del Departamento. En el alojamiento, una familia bogotana que recién llegaba le pide al dueño que la oriente dónde conseguir gasolina, pues venían de Valledupar y se quedaron secos. La respuesta fue lapidaria: Hay escasez de gasolina nacional en las estaciones de servicio (EDS), toca esperar, hacer fila o comprarle a los pimpineros en la calle. Efectivamente no había en ninguna de las EDS de Ayatawacoop, única autorizada para la distribución de gasolina nacional subsidiada.

Hay 180 de estas en todo el Departamento y según voceros de la cooperativa de origen wayúu, el Gobierno Nacional no está cumpliendo con el cupo de tres millones de galones mensuales que prometió para atender la demanda en toda la región.

A propósito, según una investigación de la Corporación Nuevo Arco Iris, Ayatawacoop "nació como un holding empresarial del condenado paramilitar 'Jorge 40' para lograr el manejo absoluto del lucrativo negocio del contrabando mayorista de gasolina; facilitar el tráfico de armas y material de guerra -compradas presuntamente al ejército venezolano-; legalizar dineros provenientes del narcotráfico a través de la figura de cooperativa multiactiva; y por último, ayudar a legalizar miembros de grupos paramilitares en Venezuela".

Como consecuencia de esto, se observan diariamente largas filas en las EDS de Riohacha y demás municipios cercanos. El abandono estatal es palpable en todos los aspectos, social y económico.

Pero resulta que la gasolina venezolana de contrabando, que surtía buena parte del mercado guajiro, dejó de ser negocio ante la crítica caída en la producción y su escasez en el país vecino. Un mercado ilegal que imperó por años y que complementaba el del narcotráfico: el de las pimpinas con gasolina roja traída de contrabando desde Venezuela.

Frente a este panorama desalentador, decidimos comprar gasolina venezolana. Hay ventas en botellas de litro sobre toda la Troncal del Caribe y se especula con los precios que varían de una jornada a otra. La 'Brisa', un botellón de plástico que contiene más o menos un galón y medio, está en unos lados a 16 mil pesos y en otros a 14. En los barrios, cada dos cuadras, hay ventas "clandestinas" de este combustible y se identifican por un cartelito que dice "15", "16"; pero a la vuelta donde nos quedamos compramos a 14 mil 500, más o menos lo mismo a como la compro aquí en Cartagena, solo que roja y según el vendedor, con mejor octanaje.

Cuenta Nicasio López, un curtido pimpinero oriundo de Maicao, que hace un año compraba la pimpina (poco más de cinco galones) en 10 mil pesos y era tan rentable el negocio que todos ganaban, "Hasta alcanzaba para cuadrar a las autoridades que frenaban el paso. Policía, Aduana, Ejército, Migración". Ahora oscila entre 60 y 70 mil. Relata Pastor, el dueño del alojamiento, que la gasolina nacional subsidiada es de mala calidad. El aporte del gobierno es de 2.500 pesos para bajarla al consumidor final a 7 mil por galón y así evitar el contrabando, pero resulta que el cupo que asigna el Gobierno es insuficiente para la demanda interna, pues la mayor parte se usa para atender convenios con transportadores, empresas privadas y del Estado.

Al paso que van y tras la escasez de combustible en Venezuela, resulta entonces más funcional acabar la gasolina subsidiada y venderla a precio nacional para que se acabe el lío del "desabastecimiento". Pero al parecer a nadie le conviene, ni a Ayatawacoop, quien ya ha sido sujeto de extinción de dominio por contrabando, ni a los pimpineros y las centenares de familias que se rebuscan su sustento con esta actividad.


Respecto a los carros con placas venezolanas, cerca al derruido malecón le pregunté a un agente de policía que pidió -por obvias razones- la reserva de su nombre y explicó que la mayoría de esos vehículos son robados en Venezuela y rematados por una tercera parte de su precio, tal como ocurrió con la camioneta Ecosport negra "hurtada" a Natalia Jiménez y Rodrigo Monsalve y encontrada en un paraje de Uribia con placas del estado Lara de Venezuela. 

"Roban los carros, cuadran a los funcionarios de la frontera, los pasan y listo. Uno de 30 millones te sale por 8 o menos. Luego arreglas con algún funcionario enlace del organismo de tránsito, lo legalizas y listo", explicó el policía.

Pero el proceso de internación, según el Gobierno colombiano ya comenzó. Desde el 10 de julio pasado quienes fueran propietarios o tenedores de vehículos y motocicletas con matrícula venezolana podrían registrarlos en la jurisdicción de los departamentos que pertenecen a las Unidades Especiales de Desarrollo Fronterizo UEDF, en los cuales se encuentran circulando, según lo aprobado en el Plan Nacional de Desarrollo.

La internación de vehículos venezolanos permite formalizar su circulación para que así paguen impuestos. En fin, en La Guajira todo pasa y nada pasa. Lástima, lo tiene todo para ser uno de los departamentos más prósperos del país, su potencial social, económico, turístico, petroquímico y portuario es inmenso. Su clase dirigente, no obstante, es inoperante, no habla, continúa una labor estratégica y silenciosa para mantener el estado de las cosas tal y como están. En la república independiente de La Guajira mandan unos cuantos en detrimento de una mayoría sin oportunidades.

Allí duramos 2 días. Tras enterarnos de la tragedia ocurrida a pocos kilómetros, decidimos comprar 4 'Brisas' y salir despavoridos del lugar en la madrugada del pasado martes 24 de diciembre. Y aunque ya estábamos predispuestos, sentíamos ojos encima. Me eché dos horas de Riohacha a Santa Marta con las gónadas en la garganta. Atento, perspicaz. Hace rato no sentía tanta zozobra, desde que huimos con mi papá en el 1997 de Algeciras a Neiva en una camioneta sin frenos y con guerrilleros de la Teófilo Forero de las Farc a lado y lado de la vía apuntandonos con un fusil.

Que mal volver a sentirse así al recorrer tu país. Volvió el terror. Y no es casualidad. Entrando a Cartagena en la noche ya nos esperaba un trancón de esos de vísperas de Navidad.

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