Salustiana Martínez tiene un siglo de vida, y cuatro años más. Ha visto morir a tres de sus siete hijos y es la cuarta de 11 hermanos de los que sólo ella vive. Su vida inició en el municipio de San Onofre, Sucre, el 8 de junio de 1916, dos años antes de que se desatara la pandemia de la gripe española de 1918, considerada de las más agresivas, devastadoras y mortales de la historia, que infectó a una tercera parte de la población mundial de esa época y en un año dejó 50 millones de muertes en el mundo, incluyendo Colombia.

La vida de Salustiana inició en medio de una peste pero no termina con otra, aunque a sus 104 años el mundo esté invadido con la pandemia del nuevo coronavirus que causa la covid-19. Por lo menos hace rato sobrepasó el promedio de expectativa de vida de un colombiano: 76 años. Esto según las proyecciones del DANE para el año en curso. Sus años de vida dan más cuenta de resistencia, vitalidad y fuerza, que de riesgo, vulnerabilidad y debilidad. Tener 16 nietos y 10 bisnietos, no es privilegio, o suerte de cualquiera.

Nació en 1916, cuando la Primera Guerra Mundial tenía dos años de haber iniciado. Nació 40 años antes de que las mujeres pudieran votar en Colombia y 38 antes de la inauguración oficial de la televisión en el país. Nunca estudió, no sabía leer pero "tiene hijos bachilleres y nietos profesionales", exclama con orgullo uno de ellos.

Se casó con Felipe Meléndez, cuando ella tenía 16, y el 20, y fue en esos tiempos cuando la famosa frase de "hasta que la muerte nos separe" se cumplía, era compromiso. En esos mismos tiempos el amor, la costumbre o el matrimonio por sí sólo les alcanzaba a las parejas para llenar su tanque de quereres cada vez que este, por alguna razón, se quedaba seco, sin amor. De alguna forma lo resolvían, y efectivamente, sólo la muerte los separaba. Aunque ciertas historias dan cuenta que esas parejitas eran capaces de hacerle trampa hasta la misma muerte y con tal de cumplir la promesa de "estar juntos por siempre", uno moría detrás del otro. Como cuando para distraer la atención en situaciones embarazosas uno dice "sal tú primero, para que no se den cuenta que vamos juntos".

Salustiana tiene 104 y ya vivió dos pandemias
Salustiana y Felipe

La historia de Salustiana y Felipe, aseguran sus hijos y nietos, era de sentimientos puros, verdaderos. Injusto sería que vivir toda una existencia juntos fuera para menos.

Ese amor traspasó las fronteras del contacto físico y hasta visual cuando en algún momento la visión de Felipe se apagó a sus 80. Sin embargo, le bastaba el olor y la voz de Salustiana para reconocerla. Murió a los 85 y, años después, cuando ella tuvo 94 le pasó igual, dejó de ver pero no le falla la memoria y de lejos identifica las voces y pasos de sus seres queridos, también sus nombres, a cada hijo y hermano, lo tiene en la punta de la lengua.

"Cuando yo llego y le hablo, inmediatamente sabe que soy yo, es más, a veces yo finjo que soy mi hermano y ella dice: ese es Julito, como cariñosamente me dice", cuenta Julio, su hijo menor.

Volviendo a los amores de Salustiana, su historia refuerza aquel dicho que dice que "del odio al amor, sólo hay un paso".

"Mi abuela no gustaba de mi abuelo porque él era enamorador, pero un día en una fiesta se encontraron y como mi abuelo era muy decente, ese día la trato súper bien, se compró una pinta especial para esa fiesta y se fue a conquistar a mi abuela", cuenta Darío Ramírez, uno de sus nietos.

Desde ese momento no se separaron. Construyeron la familia de la que nació Julio, el último de los hijos que tiene 66; Reinaldo de 70, Bertha de 73, Trinidad de 76 y los tres primeros frutos de esa unión que ya murieron: Eladio, Isabel y Carmen.

Darío continúa relatando que los celos eran una característica del abuelo Felipe, aunque, sobre eso, el cariño que le expresaba, era mucho más notable.

"Mi abuela era una señora conservadora, porque en esa época quienes mandaban y tomaban las decisiones eran los hombres. Cuando el abuelo perdió la vista empezó a celarla. Una vez se dió cuenta que mi abuela estaba en el patio y como no veía bien, medio vio la silueta de otro tipo y se fue detrás a pelear, entonces los dos se cayeron en un charco", narra sonriendo.

Vivían en el cacerío Buenos Aires, del municipio de San Onofre, cuando este pertenecía a Bolívar. Un pueblo con contadas casas, todos se conocían, tanto que algunas familias emparentaban entre ellos. En el año 43, cuando ya tenían dos hijos, Salustiana y Felipe se fueron a vivir a Santa Catalina. Él era agricultor y ella ayudaba en las faenas de ese oficio: pilaba, cortaba y cultivaban el arroz. Ninguno de los dos leía ni escribía, pero, eso sí, los billetes y monedas, la plata, esa sí la sabían contar. Les tocaba.

Amorosa, tranquila, risueña. Come sola, se baña sola y aunque perdió la vista "desarrolló mucho la audición" y hasta sabe cuáles son sus vecinos y las esposas de sus nietos. Sus familiares sólo la guían para caminar y que "no se tropiece", la cuidan, por supuesto, se aseguran de que nadie visite su casa, como medida de prevención contra el coronavirus. Pero de resto, ella es una mujer muy capaz, así como fue capaz de cumplir 104. Sí, 104.

¡Feliz cumpleaños, vieja Salustiana!