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De la revocatoria y otros males

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De la revocatoria y otros males

Por: Juan Carlos Gossaín R. *

La figura de la revocatoria de mandato que la ley consagra para cualquier funcionario del órgano ejecutivo elegido popularmente, despierta pasiones irreconciliables entre quienes la promueven y aquellos que la padecen. Sobre su conveniencia o no, hay otro debate igual de candente.

Particularmente me encuentro entre los que consideran esta herramienta un remedio peor que la enfermedad que se pretende combatir. Tratándose como son, razones de mi carácter, no puede incomodarme de ninguna forma que usando las razones de otros, pueda ser aplicada.

Es imposible discutir que en incontables ocasiones se descubre tan tempranamente la ineptitud o la mediocridad de un gobierno, que no queda de otra que intentar desesperadamente corregir el desacierto cometido en las urnas. Para eso es la revocatoria.

Pero también suele ocurrir que detrás de un intento revocador se oculten no pocas veces intenciones equivocadas, entre ellas, la venganza política, la revancha personal o la más maligna de todas, la de ganar por otra vía lo que electoral y democráticamente no pudo ser conseguido.

Tampoco se puede desconocer que la inestabilidad política y el descalabro administrativo que ha vivido cartagena en años anteriores, en parte como consecuencia de suspensiones y destituciones de los titulares del gobierno, son antecedentes que preocupan si el alcalde es revocado.

He dicho que no soy partidario de la revocatoria. Soy de los que cree que la ciudadanía que elige, debe sentirse orgullosa de sus aciertos y ser responsable también de sus ligerezas. Un castigo de cuatro años bien puede ser un método corrector para sus decisiones futuras.

Ahora bien, al margen de consideraciones eminentemente legales, sobre los principios y valores que irradian a una sociedad, jamás puede darse prórroga o aplazamiento para la exigencia ininterrumpida de ellos. Nada que envilezca colectivamente admite tolerancia un solo instante.

El día de ayer, en el marco de las audiencias de trámite en el proceso de revocatoria adelantado contra el alcalde de Cartagena, nuevamente una ciudad entera fue sometida al escarnio nacional. Por las redes sociales el país pudo presenciar apartes de un sainete ultrajante, procaz.

“Malparido déjame que me quite esto”, la frase desencajada del Alcalde de Cartagena es tan vergonzosa por el irrespeto a todos a quienes representa, como vergonzosa es también una ciudadanía que aplaude o ignora estas señales, que murmura pero no reclama con firmeza su disgusto.

Los seguidores del mandatario alegarán que su reacción estuvo condicionada por los señalamientos deshonrosos que le hicieron a título personal, ajenos a sus funciones en el cargo que desempeña. Cierto es que nada justifica un ataque de ese calibre.

Lo que no podrán desconocer los mismos seguidores, es que ayer finalmente ocurrió lo que era previsible. Un gobernante que ofende, difama, descalifica y ataca tan rastreramente como durante un año completo hemos visto hacer, en algún momento tenía que recibir algo de lo propio.

Mientras someten de nuevo a Cartagena a alinearse en un bando u otro, mientras de cada lado se pregona que lo hacen por el bien de la ciudad, mientras gente que no conocemos decidirá si hay viabilidad a la revocatoria o no, los hijueputazos y malparidazos siguen retumbando.

Un perturbador silencio se enseñorea por las calles de la ciudad. Muchos callan temiendo que la locura les escupa en la cara. Seguramente hablarán cuando los hijueputas y malparidos sean uno de ellos.

*Exgobernador del departamento de Bolívar.

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