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¿Hay que cancelar la 'Cultura de la cancelación'?

¿Hay que cancelar la 'Cultura de la cancelación'?

Hace unos días un inquieto facebookero cartagenero publicó lo que para él fue un comentario de "estética y ficción", pero que para muchos fue considerado un chiste "misógino y sexista cargado de violencias patriarcales". El episodio podría pasar desapercibido sino es porque el sujeto en cuestión es docente de una institución educativa pública de la ciudad, y según un comunicado oportuno del Movimiento Ampliado de Mujeres de Cartagena, dirigido a la Secretaria de Educación, "Sus agraciones no sólo ocurren en el espacio virtual, ya que varias mujeres han manifestado las violencias de las que han sido víctimas por parte de este docente". El personaje fue expuesto frente al público de la red social casi que sin derecho a réplica. Linchado. Lo hicieron pedacitos. Muchos afirmaron haberlo eliminado de sus redes por sus repetidas incursiones "inapropiadas". Él considera que el debate se debió dar internamente sin exponerlo, pues eso le generaría consecuencias de tipo jurídico, emocional, de seguridad y hasta laboral.

¿Hay que cancelar la 'Cultura de la cancelación'?

En julio de año pasado, se publicó en la revista estadounidense Harper's, la carta de 150 prestigiosos intelectuales, entre los que se encontraban nombres tan ilustres y de tendencia progresista como los de Margaret Atwood, Noam Chomsky, Salman Rhusdie o J. K. Rowling, donde alertaban sobre el auge de la intolerancia en la izquierda y algo que venían observando recurrentemente: una "restricción del debate". Pedían además que al fragor del intenso debate entre ideas a veces cáusticas y corrosivas, "se preservara la posibilidad de desacuerdos de buena fe sin consecuencias profesionales nefastas".

¿Hay que cancelar la 'Cultura de la cancelación'?

En síntesis, estos pensadores planteaban su rechazo a lo que se conoce como la "Cultura de la cancelación", que consiste básicamente en que un personaje público (Cantante, actor, político, influencer, líder de opinión, generador de contenido) dice algo inconveniente u ofensivo, y rápidamente desencadena una reacción que busca la "cancelación" de su persona, para de alguna manera y como una suerte de fallo sancionatorio público, acabar con su reputación y de paso boicotear su labor profesional y estropear la tarima digital desde donde emite sus ideas, reflexiones o diatribas.

En el ejemplo que introdujo este texto, podría de alguna forma aplicar la famosa paradoja de la intolerancia de Popper que cobró vigencia con la cancelada que le pegó Twitter y sus secuaces al expresidente Trump hace algunas semanas y que a propósito retomé en esta columna a manera de reflexión. Toca ser intolerante con el intolerante, cuando de promover mensajes de odio y violencia se trate, plantea la paradoja. "Deje de estetizar la violencia", le reprochó con razón el colectivo de Mujeres al personaje de arriba.

No obstante, no sólo en Cartagena sino en todo el mundo se viene instalando una cultura perversa que estimula el unanimismo y el pensamiento único. La 'cultura de la cancelación' es furor entre quienes no dudan en hacer campañas en contra de aquellas personas cuyas ideas no les gustan, aún cuando no lleve una carga lesiva en su contenido. Se produce entonces un temor infundado a ser minoría, luego para algunos resulta más práctico ser dueño de lo que se calla y no esclavo de lo que dice. Deviene, en consecuencia, una especie de autocensura que contradice la idea progresista de libertad de expresión y respeto por el pensamiento diferente.

Las redes sociales son un crisol variopinto de pensamientos, ideas y posturas donde, por lo general, tendemos a buscarnos entre igualitos, como en el colegio, donde creamos subgrupos de afines. No damos cabida a otras posiciones. No nos interesa; por el contrario, necesitamos agentes que refuercen nuestros gustos, prejuicios y convicciones. Y aunque combatir la extorsión moral de las mayorías sea complejo pero necesario, resistir a esa tiranía de la opinión pública es casi una hazaña, pues expresar un desacuerdo es exponernos a ser 'cancelados'.

¿Hay que cancelar la 'Cultura de la cancelación'?

La cultura de la cancelación es una forma de censurar lo que simplemente no nos gusta. Y si me le preguntan, sí, creo que es el tribunal de la inquisición de lo políticamente correcto. O hay quienes opinan que hay posturas que simplemente no se tienen qué debatir.

Yo mismo he cancelado a gente en mis redes sociales porque simplemente no los veo como un interlocutor válido y ojo, que no necesariamente es porque pensemos diferente que lo voy a anular como otros hacen conmigo; lo hago unilateralmente cuando el argumento que ataca al mío siempre termina siendo una calumnia o un ad hominen que ni siquiera una ofensa, pues ahí es donde el debate público se distorsiona. No es fértil. Tampoco acepto la violencia como mecanismo de respuesta al desencuentro.

Por otra parte, hay quienes les fascina ver que la gente la cague para írsele encima como carroña. Esperan el resbalón. El desliz. El error. El gazapo. Y no se critican los hechos sino que se cancela directamente a la persona, exhibiéndola, acabándola. Matándola en vida. Desterrándola.

Por un mínimo error, un chiste salido de tono, un comentario burlesco, una imprecisión u opinión que no le guste a la masa indignada, te convierte en blanco de impronta y vas a dar a un saco rotulado en negativo para luego colgarte en la hoguera de los herejes, no sin antes recibir una andanada de piedras, insultos y escupitajos, de un ser humano que peca como tú pero de manera diferente. Recuerdo que durante el confinamiento obligatorio, hace casi seis meses, hubo constantes reyertas y enfrentamientos entre pandillas del barrio Olaya, en Cartagena. Propuse instalar un puesto de control de Infantería de Marina y se me vino encima la policía de la corrección política a sentenciarme de 'fascista' sin previo juicio. "Nunca me imaginé que pensaras así, voy a dejar de seguirte", me respondió una chica que se ufana de 'proge'. No violé, abusé, ni maté a nadie. Me cancelaron por pensar.

En definitiva, este fenómeno es una alternativa macabra al estado social de derecho, pues es un juicio moral exprés que se le hace el individuo desde el colectivo, sin importar los alcances de ese castigo, que muchas veces no es proporcional al supuesto daño causado. Al sujeto de arriba me imagino que lo botaron de su trabajo. Y hasta pensará en irse de la ciudad. En la cultura de la cancelación no hay pena resocializadora sino condena moral perpetua.

Nadie está obligado a ver o leer comentarios que desafían nuestra ideas más puras u ofenden nuestras susceptibilidades. Para eso está el derecho a la réplica. Se debete, se rebate, se discute. Pero de ahí al linchamiento mediático y al posterior exterminio digital de un juicio público hay un trecho largo.

Y es que los juicios públicos generan unas consecuencias terribles para el cancelado de ocasión. Tribunales de la emoción que acaban con la vida de la gente. Pero lo peor es cuando la cancelación de un individuo se genera a partir de un hecho sin confirmar que no se sabe si es o no cierto. Ejemplo delicado de los últimos tiempos y ojalá no me cancelen por ponerlo: Cuando una chica que oculta su identidad acusa a un sujeto en redes sociales de haber abusado de ella. Surge entonces lo que llaman en Argentina, un 'escracheo' al presunto agresor, es decir, una especie de protesta o sanción pública. No obstante, esta estrategia funciona en casos donde aquel tiene una posición privilegiada de poder que le impide a la mujer acceder con eficacia y celeridad al operador judicial. Pues para nadie es un secreto las intensas e históricas luchas que han dado las mujeres por revertir esta situación que las pone en condiciones de inferioridad frente al hombre. No hay rutas de atención. Denuncian y no son escuchadas. Y si la autoridad le recibe la querella por lo general tienden a ser revictimizadas. Y en la mayoría de los casos, se cursa un dilatado proceso jurídico que termina en la impunidad. Por eso acuden la denuncia pública desde el anonimato.

Pero hay otros casos donde se critica una conducta reprochable que por lo general no tiene una implicación punible, legal o jurídica, pero que también está puesta en duda y es sujeto de discusión. Sin embargo, en el juicio público solo basta con ser acusado, no hay debido proceso ni garantías de derecho a la defensa, y el fallo debe darse de inmediato porque las redes sociales son de naturaleza instantánea y los tribunales digitales no dan tregua. ¡Hay que cancelar!

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