Por: María Alejandra Benítez Hurtado*

Jano, en la tradición latina, era la alegoría de las transiciones y los cierres de ciclos, mayestáticamente representado por dos caras que miran hacia distintos frentes, evocando los solsticios, el pasado y el futuro. Y como todo símbolo es universal, queda a la interpretación del observador que interactúa con ella.

Este simbolismo, además de inspirar el nombre del mes de enero, ha acompañado a los estudiosos a la comprensión de la existencia de ciclos vitales en la historia de la humanidad: el filósofo de la historia Alexandre Deulofeu sostuvo esta tendencia teórica y aseveraba que, a partir del conocimiento de la razón de ser de los ciclos, los procesos serían más llevaderos, como por ejemplo las confrontaciones generadas por la búsqueda del poder.

Bajo la anterior línea, el historiador Jacques Pirenne propuso el método de las constantes históricas, el cual tiene como objetivo preponderante deducir del pasado datos para el futuro ya que, gracias a la Historia como ciencia que posibilita el conocimiento del ser humano, se comprende en qué momento de la evolución humana nos encontramos, ya sea en períodos ascendentes o de decadencia.

En el caso colombiano, la caminata por el ajedrez selvático de la existencia ha sido un ciclo interminable con un guion encarnizado que versa sobre una contienda bipolar histórica, con roles muy bien definidos que solo cambian las personas, pero no los personajes ni los motivos de tan sangriento enfrentamiento.

Desde 1810 hasta nuestros días no hay aromas de paz en el libreto que los poderosos nos han obligado a aceptar sin protestar. En el inicio de este ciclo de vida republicana, se libraron las guerras de independencia de la Corona española, hasta la firma en 1824 de un tratado para regular la guerra, pero en 1812 eclosiona la guerra entre centralistas y federalistas; más adelante, en 1829 el héroe de Ayacucho se rebeló contra Simón Bolívar, lo cual significó un derramamiento de sangre; en esa misma línea, entre los años 1839 y 1841 el país vivió su primera guerra como Estado independiente de la mano de la insurrección del poder religioso: la Guerra de los Supremos. Pero los ríos de linfa no cesaron: los más notables terratenientes inician hacia el año 1851 una Guerra Civil contra José Hilario López como respuesta a sus reformas de la época, luego son los artesanos quienes se alzan violentamente en los años 1854 y 1895; Tomás Cipriano de Mosquera también lideró, movido por el factor religioso quien pedía participación en el poder, en el año 1859 una revolución contra el entonces presidente Mariano Ospina Rodríguez. Posteriormente, Aquileo Parra tampoco pudo escaparse de la ambición de poder de la iglesia y soportó la revolución católica en su contra; tampoco tuvo paz Rafael Núñez ante las exigencias impetuosas de respeto de soberanía de los Estados dentro de Colombia.

Luego de un siglo XIX donde no nos reconciliamos, le damos la bienvenida al siglo XX con los proyectiles de la Guerra de los Mil Días, originados por el sempiterno problema de la tierra. A ese acontecimiento se suma la separación de Panamá entre los años 1902 y 1903, así como también el mar de contradicciones de la presidencia de Rafael Reyes que conllevaron e incluso a atentados contra su vida. Luego la vil muerte de Rafael Uribe Uribe encarriló a un diálogo agresivo entre los partidos políticos de la época, quedando muchos interrogantes sobre los móviles del homicidio.

En el año 1928 Carlos Cortés Vargas silenció con disparos y muerte la protesta de los trabajadores de la United Fruit Company, acontecimiento denominado la Masacre de las Bananeras, hecho que hoy día muchos lo niegan y ubican en el mundo imaginario de Gabriel García Márquez. Con este antecedente, la ciudadanía se congregó hacia el año 1929 en una manifestación contra los actos de corrupción del entonces presidente Miguel Abadía, las cuales fueron, como ya era costumbre -y es repetido hoy día como un mantra de obediencia al Estado-, frenadas con balas.

En el año 1948 estalla un periodo sangriento denominado La Violencia, a raíz de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. Con fuertes represiones que se extendieron a nivel constitucional, se organizan las guerrillas en los Llanos, aunque vale destacar la existencia previamente de los Chulavitas y los Pájaros conservadores, quienes el fanatismo y la devoción al orden estatal los llevaron a ejecutar masacres, torturas y desplazamientos forzados.

La no participación política de las guerrillas campesinas permitió su expansión por los territorios olvidados del Estado, surgiendo en los años 50 las FARC, posteriormente el ELN, el EPL y el M-19.

Luego del pacto social materializado en la Constitución de 1991, quien tuvo como antecedente la deslegitimación total del Estado por la penetración consentida del narcotráfico y el exterminio de notables líderes de la Unión Patriótica, el país ve el desarrollo de la presidencia de Ernesto Samper, acusado de permitir ingreso de dineros del narcotráfico a su campaña electoral. Los 90 fueron años donde mataron a líderes sociales y ambientalistas y aumentó el secuestros de civiles. Se destaca en esa época el rol del abogado y pedagogo Jaime Garzón quien, luego de conocer información sensible de presunta participación de algunos militares en secuestro de civiles, y su colaboración en labores humanitarias, fue vilmente asesinado el 13 de agosto de 1999.
Lo que ha seguido hasta nuestros días es una cadena de desplazamientos, despojos de tierras, masacres, muertes a líderes sociales, acontecimientos que, en su mayoría, ante la respuesta cachazuda y poco contundente del poder judicial interno, terminan ventilándose ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos y condenándose internacionalmente a nuestro Estado por violación a los derechos estatuidos en la Convención Americana de Derechos Humanos.

Si se mira con lupa, siempre hay dos bandos disputándose el poder: centralistas y federalistas, liberales y conservadores, el propio Estado y sus administrados, los pro-paz y los que rechazan el acuerdo de paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC, y hoy día entre el Estado y los alternativos, llamando la atención que entre éstos últimos hay divisiones generadas, desde mi punto de vista, por egos soportados por ansia de poder, los mismos que condujeron a la eterna Patria Boba desde 1810. Los motivos se centran en el problema de la distribución de la tierra y la participación de todos en el ejercicio del poder político, en el marco de una democracia, la cual es un principio que soporta el Estado Social de Derecho.

Ahora bien, si en verdad en el hoy Estado constitucional colombiano existiera la democracia, no se encontrarían en la historia ni en la actualidad los caudillos ni los próceres, puesto que en todo sistema plural es un requisito sine qua non la alternancia en el ejercicio del poder político, nuestra realidad señala muchos: José Antonio Galán, Policarpa Salavarrieta, Rafael Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán, José Antequera, Bernardo Jaramillo Ossa, Luis Carlos Galán, Carlos Pizarro León-Gómez, Álvaro Gómez Hurtado, Jaime Garzón, entre otros, muriendo una y otra vez actualmente -nuestros líderes sociales-, así como también la calca prolongada, en este nefasto libreto, de muchos Alcides García y León María Lozano, liderando verdaderas cacerías humanas en consideración a un Estado que no soporta que le lleven la contraria y silencia a punta de bala la crítica.

Por lo tanto, es menester terminar este ciclo a partir del pleno conocimiento de nuestra historia -porque quien no la conoce se condena a repetirla-, romper aquella bipolaridad violenta que ha marcado nuestra existencia a través de un nuevo pacto social con los denominados factores reales del poder, a partir de la reformulación de la práctica ciudadana como actores principales de este cambio, es decir, se requiere un rol protagónico por parte de las bases populares.

Si no hay consenso en nuestra vejada nación, muy difícilmente alcanzaremos el desarrollo económico, institucional y social que tanto se necesita.

¡Seamos actores del cambio que tanto exigimos!

*Abogada, investigadora.